A fearless poet

 
A girl asked me once
Why I wasn’t writing poetry anymore
Poetry comes to me with sadness and stupidity
It comes with reality and love
” I said.

Reality is the empire of
The most credible lie
” She replied.
I don’t know what she meant by that

I walked away thinking about it
And a few weeks later I called her
She didn’t answer
So I went to her place and
Left a note stuck on the door knob saying:

Writing poetry is the hardest job I’ve ever had
Cause it means dealing with ideas
We’d rather not deal with.
There is the daring of writing poetry.
Poetry is kind of a fear;
Dangerous and deathly


She called me back after that,
We met and had a nice chat
On poetry and love and lies.
We fucked that night
And we moved together a few months later

The poetry showed up
As I was feeling like
The stupid sad man I like to be.


Alan Murray

Things I can’t do

 
I

I can’t get rid of your pussy scent
All over my mouth and my nose.
It feels good actually
Strong and dirty.

I smell my upper lip
Whenever I miss you.

II

I can’t make the pain go away.
Not even writing a hundred or two hundred poems.
It’s impossible. I know that.

I am trying to make it softer, kinder, decent,
And a good dose of you
Usually makes the work.

III

I can’t believe in love
Anymore.
Just talking about it makes me laugh.

You’ll see me laughing quite often though,
Cause I speak about love
As atheist speak about god.

Alan Murray

Diggers

  
We’re all diggers since the shell, the surface, it’s rotten, and every day it gets harder to dig, even to scratch. The will and the spirit just vanish within a few attempts of excavation” Charles Opdam in the prologue of “Sadism, sadness, and a hard cock


Who would have said
There was a woman
Beneath those ten tons of bullshit
And a man
Too deep to be found in me

I found the woman after all,
I always do,
You dug two and a half inches
And gave up

Fair enough bitch
Now get lost
I got some digging to do
Somewhere else.

Alan Murray

My Heart-Cock

  
When I whack off thinking of you,
Thinking of your nude imperfect body
With the gigantic ass and the standard-small titties,
The slut eyes, half cannibal half brainless

Your legs bending over some strange sucker
Who fucks you loveless and careless
-Just like I wouldn’t-
While I take pictures of me nailing your ass
And kissing those tender, grotesque, overused lips.

Feeling how your screams make me tremble,
And my eyeballs disappear in dark nothing.
My soul feels alive for a change.

Pumping my cock
Making it the heart I don’t have
Hearing at last the beating of a living person.

I’m alive when I whack off thinking of you

But right after I finish
I feel as lonely and miserable
As always.

We don’t have a fucking heart,
We have a cock instead.
I wonder how long
We could stand this living


Alan Murray

This poem is dedicated to Tina Yakuzi, main character of many of my tales and poems.

A matter of time

  
Sometimes you just can’t write
Sometimes you just don’t want to

Most of the times you feel how
Lonely and meaningless
Writing, and fucking,
And trying to understand love
Buying three fifty pounds of Brie de Meaux cheese
For the perfect picnic
With your perfect woman
Can be

Most of the times as well
We play the famous game of pretending
That we understand people or ourselves
Instead of saying:
Crap, I don’t known a shit of what
Is going on here

That would be sincerity
That’s the only and real meaning of it

And a few times, of all those,
I felt it was a matter of time,
The wrong or the right one.

I couldn’t figure it out yet
Although I believe
The wrong time
Is my time.

Yet
I don’t know a shit
Of what is going on here.

Nor there,
Where you are.


Alan Murray

The way this old fashioned writer used to work


1st Take - 1ra Toma









2nd Take - 2da Toma









Old Fashioned Lover

 
 
She arrived. We talked. We laughed.
We shared some long, deep, and horny looks.
And then we got there.
Somehow we got there.

It’s quite hard to logically describe the events,
But there she was on her knees doing it,
Playing wildly with her tongue,
Licking the drops of hot salty rich in vitamins juice
As if my words, my laughs and my eyes had told her to.

“Do you like it this way honey?” she said
“Crap no, sit down on THIS, and cut this bullshit”
I was positioned and ready to
Start with the real thing.

“Do you have any condoms”, she spoke again
“I’m not taking my pills, you know”
Fuck the condoms.
And I tried it that way,
Using my words and my laughs.

“I want to feel your pussy”, I cried.
“My dick is really anxious for a pussy-hug”.
It had worked just a few minutes ago,
But not then.

“What the fuck are you doing?”
She couldn’t keep her mouth shut
“Fucking without condom is love,
And I ain’t get love for you, jerk”

She was damn right
That’s the way things were,
At least in our times.
But I was old fashioned,
So we couldn’t do it.

We masturbated each other.
We cummed.
And once laying next to that breathing piece of shit
I looked at it and thought

“I just can’t stop LOVING women
And I want them all to LOVE ME.”

Whatever that means.


Alan Murray

Old Fashioned Lover



Dedicated to Lulú, for being responsible of an old good friend happiness and growth.

Gentlemen Prefer Corpses

   
Déjame contarte de la oportunidad en que tuve sexo con un cadáver.

No sé de qué manera ni por qué medios había entablado una relación con Diaconno Cruz. Él era una tipo aburrido que pasaba la mayor parte de su tiempo borracho. Medía alrededor de un metro ochenta y su rostro no estaba mal, sin tener en cuenta el aire miserable que reflejaban sus ojos -siempre entrecerrados-, sus dientes sucios, y el olor ácido que lo acompañaba en todo momento. Constantemente hablaba de muertos y de asesinatos, eso despertaba miedo entre la gente de Northwich (un pequeño pueblo en el que viví algunos meses, ubicado al sur de Gales) y parecía alucinarle. En muchos sentidos éramos parecidos.

En un principio creí que era sólo cosa de borrachos. No era tan extraño como muchos decían, después de todo yo era considerado un malnacido violador, y eso no era del todo cierto (al menos no por entonces). A medida que compartíamos cervezas en el bar más horrendo de la ciudad, reservado para sujetos de nuestro estilo, todo lo que Diaconno me decía parecía más y más cierto.

Era demasiado temprano. Ninguno de los dos había bebido lo suficiente como para poder compartir algo con el otro. Hacía tiempo había entendido que no podía compartir absolutamente nada con nadie a menos que estuviese borracho o drogado. De eso se trataba.

Bebimos durante algunas horas hasta emborracharnos. Recién entonces pudimos decirnos algo interesante, algo de la mierda buena e inusual que de alguna forma atraigo. Esa noche habíamos hablado demasiado, bastante más intensamente de lo que solíamos hacerlo. Diaconno, acaso creyéndose entendido, hizo la pregunta que da inicio a esta anécdota.

- ¿Quieres ver los cadáveres que guardo en casa?
- Joder tío, no me digas que tienes un jamón en tu casa. - no dudaba de lo que decía, sólo esperaba no meterme en problemas por juntarme con él.
- Claro, cómo crees que me entretengo. Las mujeres de aquí no se atreven a mirarme siquiera.
- Suena razonable. Venga, muéstrame lo que tienes.

Pagué la cuenta y salimos de allí.

Habíamos pasado juntos cada noche de los últimos tres meses y nunca había ido a su apartamento ni sabía qué coños era lo que hacía para poder pagarse toda la mierda que bebía por la noche. Caminamos bastante, hablando de mujeres, de sexo, y de la muerte. ¿De qué más podíamos hablar? Él era un necrófilo, y yo un escritor pornográfico.

Finalmente llegamos. Vivía en una especie de rectángulo gigante hecho de cemento, tenía una ventana a un costado y una puerta doble color blanco, lo demás era gris, todo gris. Entramos y me dijo:

- Mira, aquí guardo los cadáveres. – Señaló la puerta de lo que parecía ser un freezer gigantesco. – En esa habitación los caliento y los preparo – señaló otra puerta que parecía estar caliente y no tenía manija - Se abre con un dispositivo electrónico – dijo.
Parecían ser las puertas del infierno y del cielo. En el freezer los cuerpos descansaban en paz; en el cuarto caliente, bueno, digamos que ser penetrado por Diaconno Cruz sonaba a demasiado castigo.
- ¿Quieres probarte con uno? Te aseguro que no te arrepentirás. No hay quejas, no hay trabas, puedes hacer lo que te plazca. – Lo que decía sonaba bien, no obstante se trataba de una cuestión más enferma de lo que acostumbraba.
- Haremos lo siguiente. Déjame ver los cuerpos que tienes ahí para ver si hay alguno que valga la pena, y luego te diré. – No podía haber mucha diferencia entre estos cuerpos y los cuerpos de las mujeres con las que jodía. Gordas, flacas, intelectuales, idiotas; todas estaban algo muertas por fuera y ya podridas por dentro. Así es como sucede, antes de que la carne empiece a perder vida, primero lo hace tu alma. De todas formas no pensaba hacerlo.

Entramos al freezer y la cosa era mucho peor de lo que imaginaba. Tenía alrededor de 50 cadáveres (la mayoría eran mujeres). Los miré uno por uno.

- Ey, coñazo, tienes aquí a Marilyn Monroe. – Realmente parecía serlo. Sin embargo Marilyn había destrozado su rostro antes de llenarse de barbitúricos, no podía ser ella. - ¿De dónde sacas todo esto?
- Tranquilo, es perfectamente legal. Compro los cadáveres a la morgue. Pago al estado para “investigar” con ellos.
- Vaya investigación llevas a cabo, cabrón. – Entonces me contó toda su historia. Diaconno solía ser un respetable médico forense. Era el mejor en autopsias de todo el Reino Unido. Con el tiempo, y luego de que su mujer lo abandonara, se fue apegando a los muertos. Les hablaba, los acariciaba, les besaba y, naturalmente, empezó a follárselos. Finalmente fue descubierto y tuvo que desaparecer de Edimburgo. Teníamos mucho en común: los dos estábamos en Gales huyendo de nuestros problemas.

- Marilyn es mía Murray, escoge otra.
- ¿Quieres decir que es Marilyn?
- … - el bastardo no contestó.
- Bueno, entonces sólo te miraré. Si veo que funciona contigo quizás acepte tu invitación alguna otra noche. ¿Vale?
- Vale, como quieras.

Llevó el cuerpo en su camilla hasta “el infierno” y sacó unos tarros de vaselina líquida. Eso es obvio, pensé.

- Debemos esperar algunos minutos hasta que la carne se ablande. – El calor en esa habitación era excesivo y los dos estábamos cubiertos en transpiración. Diaconno tomó el tarro de vaselina.
- Sin esto la cosa puede ser realmente difícil, y ponerse algo fea. – Con una mujer cerca se comportaba y hablaba como un idiota. Eso le ocurría con frecuencia a todos los hombres que conocía.
- Lo imagino.

Tocó el cuerpo, me guiño un ojo, y dijo:

- Ya está bien, es hora.

Llevó la camilla a una tercera habitación. Esta no tenía nada interesante. Solo unas sillas, un pequeño refrigerador, un tv y una cama. También había una pequeña puerta al final del cuarto. Me pidió ayuda para mover a Marilyn y luego me dijo que podría observarlo todo sentado. Me acerqué al refrigerador y tomé una cerveza mientras veía al desgraciado embadurnarse el pijo de vaselina.

Parecía estar divirtiéndose, pasando un buen rato. Por momentos era como si le estuviese haciendo el amor. Le susurraba cosas al oído que no podía oír. Estaba tirándose a una mujer hermosa, o lo que quedaba de ella. Yo los miraba y tomaba de a poco mi cerveza.

Diaconno arremetió con fuerza durante algunos segundos y se corrió en la palma de la mano gritando: “FUCKING Animal magnetism!”(*) Tomó su ropa con una mano, mientras en la otra sostenía su semen - como sostienen semillas, o no sé qué coños, las viejas locas que creen hacer algo de sus vidas alimentando ratas en los parques de todo el mundo-, y se encerró detrás de la pequeña puerta. Al verlo correr noté que sus bolas estaban demasiado arrugadas, como consumidas. Eran absolutamente desagradables. La manera en la que colgaban me hizo sentir triste.

Entonces lo escuché gritarme.

- ¡Alan, tomaré una ducha rápida. No toques a Marilyn, hijo de perra! – Joder, ¿era ella?

Saqué una cerveza más, la abrí y me acerqué al cuerpo. Era preciosa. Tenía el lunar y el cabello parecía estar arreglado como en sus películas. Hasta tenía dos aros de perla y sus labios pintados de un rojo magnífico. Dejé caer la cerveza y comencé a masturbarme mientras le acariciaba los senos y recordaba imágenes de “Gentlemen prefer blondes”. Era un film mierdoso, pero ella sola le daba sentido a la hora y media. Tomé el tarro de vaselina y me unté (nuevamente obvio). Di vuelta el cuerpo de Marilyn y la taladré por el ano. Hacía tres años que no la metía por ahí; su culo era bonito, gordo y estrecho. Aún muerta su piel era preciosa. Habría estado bien un poco de su ayuda, algún sonido o algún movimiento. Con cualquier otra habría resultado imprescindible, pero con ella mi pene podía estar erguido durante horas. Caí de la cama con su cuerpo, logré acomodarme tomando sus brazos y seguí bombeando como lo hizo alguna vez Arthur Miller. Me estaba por ir de lleno dentro de ese apretado culo cuando Diaconno abrió la puerta del cuarto trasero.

---.---


- ¿Qué demonios haces? Te dije que no la tocases. Ella es mía, sólo mía. – Sus ojos se transformaron. Ardía de rabia, de celos. Este sujeto estaba loco, y su mundo de locura comenzaba a derrumbarse. Yo me puse de pie, subí mis pantalones y me quedé inmóvil mirándolo. Diaconno se arrodilló. De sus ojos brotaba impotencia e incredulidad; lloraba con fuerza. Cuando tu mundo se derrumba sabes que debes comenzar nuevamente con todo, desde cero, y sentir eso es agotador por varios motivos. Porque consume algo más de lo poco que queda de tu vida, y porque ya lo has hecho antes y juraste que esta sería la última, porque creíste haber sido cuidadoso, creíste tener todo lo que hacía falta. Malas noticias, nunca se tiene lo que hace falta.

- No puedo confiar en ti, no puedo confiar en NADIE. – Diaconno repitió esto unas cuantas veces. Luego continuó con su llanto.

Prendí un cigarro y salí caminando. El cigarro parecía estar consumiéndose muy lentamente. Desde la puerta podía oír su llanto y sus gritos. Él debía entenderme, se trataba de un cacho de carne hermosa la que guardaba allí, pero el pobre idiota había sufrido demasiado la traición de los vivos. Muchas veces bromeábamos con lo absurdo del miedo a los muertos, y toda esa jodida idiotez de los zombies. Era peor lidiar con zorras que se tiran a cualquiera en cuanto se aburren de ti; teniendo en cuenta esto, un cadáver no parecía una mala opción para el amor: fidelidad y silencio, un poco de lo que muchos quieren. Claro que Diaconno estaba chiflado, no sólo por sus ideas a cerca del amor, sino por confiar en la peor de las ratas y en una mujer con esa belleza de cuerpo.

Dos errores de principiante.

---.---


¿Era ella realmente? No pude dormir pensando en aquello. Ya era de día. Me puse nuevamente los pantalones, fui al club de video que está en el cruce de Queen St. y N. Charlotte St., y renté “Gentlemen prefer blondes”. Al llegar puse el videocasete, avancé hasta el minuto cuarenta y ocho, pausé, y tomé mi polla. Ese frame era particularmente excitante. Ella atorada con su cuerpo a merced de cualquier demente hijo de puta. Me corrí unos segundos después, pensando en lo brutal que podía ser con ese culo, y finalmente pude dormir.

---.---


Durante algunas noches frecuenté otros bares. No quería cruzarme con Diaconno y tener que darle una zurra, o estar expuesto a que me disparase con el arma que seguramente guardaba para volarse la cabeza algún día. El era esa clase de sujeto, y yo estaba un tanto paranoico. Era de esa otra clase de sujetos.

Finalmente fui a la taberna. No había logrado sentirme a gusto en ninguna de las otras. Si se lo piensan no es fácil sentirse a gusto en cualquier sitio, y si lo logras es porque eres un cabrón hipócrita y gilipollas. Diaconno no estaba allí. Nuestros lugares en la barra estaban vacíos, en cierta forma nos pertenecían. En cierta forma nos pertenece mucho más de lo que creemos. Ocupé mi lugar y no ordené por un largo rato.

Marla, una puta local que no tenía mucho que ofrecer, se acercó. Debía lucir triste y necesitado.

- ¿Buscas a tu amigo? … ¿Algo de acción tal vez?
- Busco olvidar todo lo que hay detrás de esa jodida puerta. – me detuve a observar la puerta de entrada al bar como si esperase que algo ocurriera. No había bebido una gota de alcohol y aun así sonaba como un ebrio.
- Pareces estar cabrón cariño. Cuando quieras algo de acción sabes donde encontrarla. – Al fin una mujer que sabía lo que le convenía. Alejarse de mí era un buen trato. El mejor.

Bebí a lo largo de la noche mirando la puerta, esperando que Diaconno apareciese con ganas de asesinarme o sin ellas, daba igual. Pensar que morir es lo más trágico que nos puede suceder no era lo mío. Echaba de menos al único amigo que había hecho en Northwich. Ya no podré pensar en Marilyn sin recordar a Diaconno, pensé. Maldita sea. Adiós a las puñetas con Marilyn.

No había nada más para mí en aquel sitio. Me puse de pie, llamé a Marla, y me largué con ella. Necesitaba sentirme vivo. O al menos creer que lo estaba.


Alan Murray


Dedicado a Richard Murray, padre y mentor.


(*)NdelE: “Animal Magnetism” es una de las razones por las que Henry Spofford III (interpretado por George Winslow) decide ayudar a Lorelei Lee (La bellísima Marilyn Monroe) en la memorable escena de “Gentlmen Prefer Blondes” citada por Alan Murray párrafos después.

Michelle, my beautiful whore, in …


Puppet Master - π



Declaración Legal: El contenido de este texto puede resultar ofensivo y herir susceptibilidades. Los hechos en él narrados que comprometan a figuras del Departamento de Educación Pública de la ciudad de Delft
(D.P.E.D.) jamás han tenido lugar. Sí, todos los demás.


Michelle se detuvo frente al 247 de la calle Madison. Le dio una última mirada a su anotador, en el que acostumbraba escribir sus experiencias, y caminó hasta la puerta. Estaba en un distrito tranquilo, en el que vivían profesionales y los niños podían pasar la tarde jugando en las calles, en su pequeño mundo propio, hecho de algodón, sin riesgos ni demasiado en qué preocuparse. En fin, estaba en el tipo de vecindario que escasea. Tocó el timbre y aguardó. Aún llevaba puesto el atuendo escolar.

El director Richardson abrió la puerta y, mirando hacia sus costados, dijo:

-
Eres una buena niña, has llegado justo a tiempo. Adelante. – Procuró que nadie hubiese visto entrar a Michelle y cerró la puerta.

Guus Richardson tenía cuarenta años, era soltero y conducía un automóvil último modelo con el que recogía prostitutas adolescentes fuera de la ciudad. Todas las mujeres de su edad soñaban con joderse a un sujeto como él, sin embargo Richardson las despreciaba, las consideraba carne podrida.

-
Espera aquí – abrió la puerta de lo que parecía ser un pequeño vestidor e hizo pasar a Michelle. – Mientras ponte esto.
- Oh, claro. Haré lo que usted diga.

Richardson cerró la puerta del pequeño cuarto y ella no tardó en comenzar a cambiarse. Reemplazó sus bragas por unas que llevaban la inscripción “Little Whore” (“Pequeña Puta”) en la parte delantera, y “You got some room here too” (“Aquí también hay lugar”) en la trasera, sus medias cortas y blancas por unas negras de encaje, su conjunto por una diminuta pollera negra y una ajustada sudadera de tela casi transparente que, erectos o no, permitía distinguir con facilidad sus pezones, en su espalda llevaba la inscripción “Teacher’s Whore” (“Puta del maestro”). Este sujeto tiene una obsesión con la palabra “puta”, pensó. Muchos la tienen, a decir verdad. Se puso los zapatos, recogió su cabello y se sentó a esperar pensando en Richardson y en su arrugada polla.

-
¿Estás lista?
- Sí, creo que sí – Era una de esas mujeres que afrontan todo como si estuviesen preparadas, como si no tuviesen temores, era una condenada mocosa segura de sí misma.
- Oh, lo había olvidado, hazte dos trenzas. Con el pelo suelto, o recogido de esa forma, luces mayor. – Richardson y su temor-rechazo a la vejez. Todos lo padecen, pero lo expresan de formas muy distintas, algunos hacen ejercicios y utilizan cremas para la piel, otros follan con vietnamitas o malayas o camboyanas menores de diez años.

La casa de Richardson era una jodida mansión. Atravesaron varias salas antes de llegar a una que tenía puertas inmensas y macizas. Por dentro era un chiste, una broma hecha para algún enfermo hijo de perra. Las paredes eran de piedra con desniveles por doquier, había cadenas, látigos y una caldera. Se trataba de un cuarto de torturas medieval.

- ¿Dónde demonios me has traído?
- Tranquila, no será aquí donde lo haremos.

Caminaron hasta otra habitación. Esta no era gigantesca como la anterior, y sin dudas se veía menos aterradora. Un telón rojo la dividía en dos partes. Había una silla casi en el centro cerca del telón y una cama al costado que parecía tener algo encima tapado con sábanas también rojas. El bulto emitía un extraño sonido.

- ¿Estás lista Michelle? – preguntó Richardson, mientras se acercaba a las sogas que controlaban el telón.
- Ya me lo has preguntado. ¿Me has visto alguna vez “no lista”? – Siempre intentaba sonar provocativa, ingeniosa, seductora; y vaya que lo lograba, todos los hombres (y algunas mujeres) del instituto “De Krullevaer”, de la “Hugo Grotius Combined Arts School” y de la “Cornelis Music School” perdían la cabeza por ella.

El profesor de Química, Edwin Stevenssen; el profesor de Moral y Ética, Mertte Cerebrinsky (y su ayudante Andree Landzaat); el profesor de Filosofía, Dirk van Odenhoven; y Alan Murray (ayudante de la Srta. Frankowski, profesora de Literatura). Todos ellos estaban sentados tras la cortina roja que dividía el cuarto. Detrás de ellos, contra una de las cuatro paredes, estaba Thomas Bruins Slot sosteniendo una cámara de video. Se trataba de un personaje visualmente repugnante, de esos hombres acostumbrados a contemplar la acción en lugar de protagonizarla. Thomas tenía cuatro cargos por abuso de menores, y a pesar de esto continuaba trabajando en el instituto gracias a las declaraciones de Richardson. Los cerdos estaban ahí para ayudarse mutuamente, así sucede habitualmente.

Richardson se arrimó a la cama y retiró las sábanas que ocultaban aquel extraño y ruidoso bulto. Era Audrey Frankowski, recostada sobre sus codos y desnuda, con una pelota negra en la boca sujeta a su cabeza por una correa de cuero (como toda una mascota), y un artefacto metido en la vagina. Ese era el sonido, el zumbido provocado por la vibración del aparato.

La puesta en escena estaba completa, la “obra escolar” estaba a punto de comenzar.


---.---


Un montón de intelectuales pervertidos. Eso eran. ¿O era acaso ser intelectual lo que los convertía en pervertidos? No existen intelectuales “no pervertidos”, en cambio sí hay muchos pervertidos “no intelectuales”. Lo cierto era que estos sujetos no se conformaban jodiendo con sus esposas o esposos o quien fuera. Eso no era suficiente. ¿Suena razonable, cierto?

El DIRECTOR Richardson miró a Michelle, caminó hacia ella, levantó su sudadera casi transparente y, mientras la empujaba contra la pared, lamió esos pequeños pechos con pezones rozas perfectos, con cara de lunático. Realmente parecía estar interpretando un papel (¿El de “El sátiro Marlowe”(*) quizás?). Las luces se apagaron por un segundo y luego sólo ellos dos quedaron iluminados.

Michelle estaba abismalmente excitada. Todos esos ojos mirándola; sentía hincharse cada vena de cada polla de cada uno de sus profesores. Cerró los párpados, y los dedos, la lengua, la polla y la respiración agitada de Richardson, eran ahora de todos ellos. Pensó en esto y el primer orgasmo la llevó a la locura.

Empujó al DIRECTOR y le ordenó:

-
Siéntate cabronazo. Te enseñaré cómo se hace.

El DIRECTOR se quitó la ropa y siguió la orden. Todos, a excepción de Thomas, estaban masturbándose. La misma Frankowski había apagado su artefacto y elegía el calor de su mano para estimularse. Michelle sacó su lengua y la dejó dura, colocándola en la base del tronco, donde se juntan testículos y pene. Así, con la lengua rígida, tomó a ese pequeño y alocado cabrón trozo de venas y, empleando los músculos del cuello, movió su cabeza hasta arriba, casi hasta la punta, al sur del orificio que ya ensayaba una gota. Se detuvo allí, mirando al cielo, casi como rezando, y comenzó: “En el nombre del padre, del hijo, y del espíritu santo… En el nombre del padre, del hijo, y del espíritu santo…”. Con su lengua dibujaba una cruz, se persignaba. Arriba, abajo, izquierda y derecha. Así un rato. “En el nombre del padre, del hijo, y del espíritu santo”. Los testigos lucían como animales cachondos, como si estuviesen por subir a la mierdosa arca de Noé, y sobre el rostro de Michelle cayeron las primeras gotas del diluvio universal. Amén.


---.---


Richardson llevó a Michelle en sus brazos y la dejó caer en la cama, donde estaba Frankowski.
La cama era gigante, podía dormir en ella todo el equipo holandés de jugadoras de Hockey sobre césped.

-
Audrey, cubre sus ojos con mi cinturón. Hazlo realmente apretado. – dijo el DIRECTOR. La mascota se apresuró a cumplir la orden y se alejó de la escena.
- Te lo preguntaré una última vez pequeña, ¿estás lista para lo que sigue? – El DIRECTOR tenía una sonrisa bastante escalofriante cuando algo lo emocionaba.

Michelle contestó mostrando su dedo mayor y sonriendo.

-
¡Thomas! – gritó. - ¡Ven aquí! – Thomas apoyó la cámara de video sobre una silla y se acercó. – Es toda tuya, puedes hacer con ella lo que quieras. Finalmente algo de acción para ti.

El rollo con Thomas sería largo y violento; al menos sería suficiente para excitar a los malditos sádicos intelectuales, que no podían conseguir una erección frente a la simpleza de una mujer desnuda.


---.---


Michelle llegó a su casa y saludó a sus padres.

- ¿Dónde has estado, cariño? – preguntó su padre.
- En lo de Lona, terminando algunas tareas del instituto.
- Así me gusta. Ahora ve a ordenar el desastre que tienes en tu habitación. – El Sr. y la Sra. Wouters eran lo adecuadamente ilusos para creer todas las mentiras de su hija.

Subió las escaleras corriendo, entró a su habitación y dio un salto hacia la cama. Parecía estar contenta. Tomó su anotador y, luego de releer una nota de (quien ella creía) su “novio” Alan Murray, fue hasta la última hoja escrita y continuó:


“Hoy he hecho todo lo que Alan me pidió que hiciese. Al notar sus sonrisas y miradas comprendí que lo amo. Él también lo hará. De eso estoy muy segura.
Por otro lado mi cumpleaños se acerca, faltan tan solo 7 días. Pronto tendré 14 años. ¿Cuál será el regalo de Alan?”



Alan Murray – π


(*)
NdelT: Obra teatral famosa en los Países Bajos, escrita y dirigida por el también famoso Charles Opdam, pensador de izquierda dogmático y controversial que rechazó, en incontables oportunidades, la oferta para presentar la obra en el exterior y, más tarde, también rehusó vender los derechos de “El Sátiro Marlowe” para su adaptación cinematográfica.


To Céline

     
It’s time to pay tribute to my biggest influence, someone I admire: Louis-Ferdinand Céline.

From up high where I was, you could shout anything you liked at them. I tried. They made me sick, the whole lot of them. I hadn't the nerve to tell them so in the daytime, to their face, but up there it was safe. "Help! Help!" I shouted, just to see if it would have any effect on them. None whatsoever. Those people were pushing life and night and day in front of them. Life hides everything from people. Their own noise prevents them from hearing anything else. They couldn't care less. The bigger and taller the city, the less they care. Take it from me. I've tried. It's a waste of time.

"In this world we spent our time killing or adoring, or both together. 'I hate you! I adore you!' We keep going, we fuel and refuel, we pass on our life to a biped of the next century, with frenzy, or any cost, as if it were the greatest of pleasures to perpetuate ourselves, as if, when all's said and done, it would make us immortal. One way or another, kissing is as indispensable as scratching."

(From Journey to the End of Night, 1924)

Mamma I’m coming home (Capítulo Final)

(…)

Me senté a ver tv en el sillón de Troy. No solía hacerlo, excepto para ver partidos del Celtic. No fue difícil recordar porqué no lo hacía. Joder, la sociedad estaba enferma, y que sólo unos minutos de tv bastaran para asegurarlo era un mal síntoma. Yo era aficionado al cine, pero esto era distinto, era una manera de esparcir enfermedad, de dejarles la enfermedad servida en la mesa antes de cenar, de practicarles a los niños de la casa una pequeña lobotomía frontal, y de revisar que la lobotomía en los adultos aún estuviese dando resultados. ¿Cuánto más de esa mierda podíamos soportar? ¿Cuán lejos podía estar el apocalipsis? Lo apagué y tomé una revista pornográfica que estaba por allí. Nada interesante.
Al rato llegó Matt con su novia. Su nombre era Becky y tenía una pinta increíble. Habían llegado una hora tarde.

- ¿Qué te ha ocurrido, follamadres? Le dije.
- Lo siento. Me ha costado convencerla. - Matt estaba nervioso, lo notaba en su voz. Quizás no deseaba que follase con su chica. Quizás estuviese ansioso por tener la coca entre sus manos. No tardaría en inhalarla como un maldito lunático.
- Lo que tú digas. Aquí tienes.

Le di los cincuenta duros de cocaína y me acerqué a Becky. Ella estaba dura. Sus tetas y su rostro eran un espectáculo. Todo parecía estar duro.

- ¿Estás asustada, niña? No tengas miedo. Te trataré lo mejor que pueda.

Mis manos ya estaban por todo su cuerpo. Tenía un culo demasiado chato y las piernas flacas, no estaban muy bien, pero lo demás era de primera.
Comencé a desvestirla delante de Matt. Que él estuviese allí me gustaba. Yo estaba listo. A ella le faltaba mucho. Si la penetrase ahora, no sería muy diferente a meterla en la tierra, pensé.

- ¡Ey, malnacido, no lo hagas delante mío! ¿Vale?
- Me habría gustado. Pero como quieras.
Las puertas y las paredes eran delgadas. Decididamente haría aullar a la zorra para que Matt oyese. Pensaría en esto al correrme.
- ¡Te espero en el cuarto dulzura! - dije mientras le echaba una última mirada a los cincuenta pavos de coca.

Becky se acercó a Matt. Entré a mi habitación y cerré la puerta detrás de mí.
Me desnudé y saqué algo de la coca que le robaba a Troy. Dejé seis líneas cortadas sobre el escritorio y me tiré sobre el colchón. La imagen era la de un niño a punto de jugar. Becky entró. Play-time.

- Entra, sin miedos niña. ¿Quieres algo de coca para alocarte? – Becky me estaba mirando fijamente la polla, estaba en trance con ella - ¿Has probado la coca alguna vez? Venga, aspírate una línea.

Se acercó sin dejar de mirarme la verga e inhaló. Yo la seguí. Ahora quedaban cuatro líneas largas y gordas dibujadas en polvo blanco.
Becky comenzó a desvestirse moviéndose con un poco más de soltura. No dejaba de mirar directamente hacia mi entrepierna.

- ¿Te gusta esto, eh? - le dije, meneándola. – No te quites las bragas ni el sostén. Ahora recuéstate con las piernas abiertas.
Lo hizo.
- ¿Cómo quieres que te llame?
- Becky está bien por mí – Era la primera vez que abría la boca. Su voz era la de una chica tímida. Eso me puso más cachondo aún.
- De acuerdo, serás Becky, la putilla que se deja follar por coca.

Moví sus bragas y mi lengua empezó a jugar con su coño. Era toda una secuencia; lengua, beso, frase, escupida.

- Slurp, slurp, slurp
- Chuik, chuik.
- ¡Putilla barata!
- Split.
- Slurp, slurp, slurp
- Chuik, hmm, chuik, hmm.
- ¿Esto te fascina verdad, sucia ramera?
- Split. Split.
- Slurp, slurp, slurp
- Chuik, hmm, chuik, hmm.
- ¿Te gusta follar con Alan? Eh?... Eh?

Aún no aullaba, solo gemía. Seguí así durante un rato. Quería volverla loca. Estaba bastante preocupado por su placer, a veces era así, a veces ocurría lo contrario. Yo había estado follando con ella en mi cabeza todo el tiempo, desde que la había visto entrar.

- ¡Eres un cerdo! Quiero que me la metas. Pero antes dame más coca. – Se levantó y fue hasta el escritorio. Yo me la meneaba para no perder la erección.

Volvió a la cama con una sonrisa y me dijo:
- Quiero esa monstruosa cosa en mi coño. Hazme gritar de placer. Soy una puta sucia y pervertida.
Becky era demasiado. Estaba siendo una buena paga.

Cabalgó sobre mí durante largo rato hasta que mi erección se esfumó.

- Disculpa niña, es la coca… tú sabes.
- Veamos si la coca puede con esto.

Tomó mi polla y empezó a bombearla con la mano. Su otra mano estaba ocupada con mis pelotas. La cosa empezaba a responder. Me tiré hacia atrás, la tomé del pelo y le metí mi pijo medio muerto y medio vivo por la boca. Mientras chupaba y chupaba sus manos jugaban con mi ano y mis pelotas, yo estimulaba mis pezones, y mis pies intentaban colarse en su vagina. Tenía una lengua húmeda y juguetona, y sus labios sabían succionar. La coca no podía con tanto placer. Cuando me tiraba a niñas ricas de piel blanca fantaseaba con marcarles la piel del culo con mis iniciales usando un hierro caliente. “A.M.”. Alcancé mis cigarros, tomé uno y le di mecha. Cuántas veces habrás pagado tus vicios con esta carne Matt, pensé, tu vicio debería ser esta zorra, probablemente durante algún tiempo lo fue. Entonces la arrojé al suelo y la monté por detrás. Era un polvo de mil hostias. Ahora sí aullaba, gritaba, lloraba. Seguramente oirían hasta los vecinos. Toda la jodida manzana. Matt Muñiz debía estar disfrutando de su basura, mis tripas se convulsionaban y afuera la gente comenzaba a volverse loca. Apagué mi cigarro en la nalga derecha de Becky como si todo su cuerpo me hubiese pertenecido. Fue algo placentero y violento. La estaba montando como si fuese el último polvo de mi vida, había encontrado un buen ritmo con ese culo y en cada enbestida me sentía más cerca. Becky dio un grito seco y me corrí a lo largo de su espalda. Me levanté y ella seguía allí, inmóvil.
 
- Muévete cariño. Venga, que tu novio te espera detrás de esa puerta, con unos cuernos dorados y relucientes.

La toqué. Era un condenado hielo. Al parecer la coca se la había cobrado. Mi pene había aguantado. Ella no. El escritorio no tenía más líneas, ni más polvo, ni más nada. Maldita viciosa descontrolada, pensé. No sabía qué coño hacer. Yo había muerto hace mucho tiempo, lo único que tenía verdaderas ganas de vivir era mi pene. Sin él, adiós Alan Murray.

Tenía en frente un jodido escenario. Me vestí, tomé mi mochila de viaje y guardé mis pertenencias junto con otras cosas de valor que le pertenecían a Troy. Matt Muñiz golpeó la puerta.

- ¡No entres cabrón, qué coño quieres! – El cadáver de Becky era parte del dormitorio, su fragancia y su aspecto serían parte mía en algún momento.
- Lo siento, creí que habían acabado con este retorcido asunto. – El asunto era más retorcido de lo que él creía.
- ¡Relájate! – grité – Saldremos en un momento.

Acomodé la escena, me mojé el rostro con agua fría y salí. Antes de abrir la puerta le eché un vistazo al cuerpo. Costaba creer que eso alguna vez había sido Becky, que había tenido motivos para seguir viva, que había tenido cientos de pollas dentro suyo, y que yo había sido lo último que le pasara, el último idiota que pusiera sus labios junto a los suyos, que sintiera sus manos con sangre corriendo a través de las venas o que viera esos ojos color arena. Vaya desperdicio. Las mujeres recuerdan por siempre al primero, pero qué hay del último: ella me recordaría a lo largo de toda su muerte.

- Mira cabrón, sí que la has hecho – le dije a Matt, fingiendo consternación y enojo.
- ¿De qué hablas?
- De tu chica, infeliz. Si fuera tú le daría unos minutos. Está realmente enfadada contigo. – Quería comprar algo de tiempo.
- ¿Qué le dijiste?
- Pues que tenía toda la razón. Que eras un adicto miserable.
- Te lo agradezco. – Su comentario no era nada irónico. Matt Muñiz se consideraba una adicto miserable, y darnos a conocer justo como somos… bueno, podía ser algo cojonudo. Claro, no si eras Matt Muñiz.
- Me quedaría charlando contigo Matt, pero debo largarme de aquí. Quédate el tiempo que quieras. Puede que tengas mucho de qué hablar.

Salí por la puerta principal, llamé al ascensor y bajé por las escaleras. Estaba ansioso, no quería dar explicaciones ni a Matt, ni a Troy, ni a la policía. No era nada bueno dando explicaciones. Me subí a un taxi.

- A la estación de la muerte… quiero decir, a la estación de buses de Delft (*).

La escena era la siguiente. La carne sin vida de Becky, encerrada en el baño, con el grifo de agua abierto. La llave del baño, en el bolsillo izquierdo de mi pantalón. Matt, probablemente gritando y llorando, golpeando la puerta con locura. Troy, teniendo que deshacerse de toda la mercancía antes de que llegasen los polis, o preso por tenencia y asesinato colateral (después de todo era SU coca). Yo, en otra ciudad, a cientos de kilómetros, más tranquilo que todos ellos. Eso estaba mal. Cuando estás tranquilo puedes pensar en las cosas que realmente importan, por eso todos creemos tener problemas. Somos idiotas o escapistas.

En fin, llegué a la terminal y saqué un ticket para Alkmaar. Me senté a esperar bebiendo un café de máquina. Era la primera vez que no deseaba tirarme a cada mujer que me pasaba por delante. Ni siquiera las miraba. Una vez en el bus, y antes de ingresar en la carretera interestatal, miré por la ventana y vi un poco de la vida que a diario perdía. Verde, animales, parejas, sonrisas; yo no estaba hecho para todo eso.

Oh Becky, maldita viciosa descontrolada.

--- . ---

Llamé a la puerta y al rato ella abrió. Estaba frente a mi madre. Apuesto que a muchos les gustaría culparla por mis errores. Yo no lo hacía.

- ¿La has vuelto a cagar, cierto? – era una mujer perspicaz.
- ¿Tú qué crees?
- Pasa. Me contarás todo en la cena.
- Olvídalo.

Estaba totalmente deprimido. Volvía con mi madre y una mujer había muerto conmigo adentro suyo. Era como si le hubiese contagiado mi muerte, yo, de alguna forma seguía de pie. Lidiar con la muerte no era nada extraño para mí, pero de una u otra manera me rodeaba sin tocarme directamente. Pensé en la parca. ¿Era yo acaso? Eso habría estado bien. Un motivo para vivir.

Fuese la muerte o no, mi vida tenía que ver con ella, con llevarla a todos lados conmigo, transmitirla con mis ojos, con mi lengua, con mi pluma, como fuese.

Me paré frente a mi madre y le dije:
- ¿Tienes idea del maldito hijo de puta que has criado?
- Jamás diría eso Alan. Eres todo lo que tengo, seas un perdedor o un hijo de puta. – Era una ocasión de telenovela. Mi estómago no estaba pasando un buen momento. Me acerqué y la abracé lo más fuerte que pude.
- Maldita sea, no puedo dejar de lastimar a la gente, ni a mí mismo. ¿Sabes qué es lo peor? Por momentos lo disfruto. Lo disfruto demasiado. Aquí y aquí. – Me tomé los cojones y la cabeza.

Me estaba confesando con uno de mis dioses, con el que tenía a mano. Ellos eran la gente que quería y en quienes confiaba: amigos, novias, ex-novias, vagabundos que conocía y olvidaba en una noche. ¿Para qué creer en otra cosa? Iglesias, templos, sacerdotes, domingos desperdiciados, pedofilia, limosnas, rituales. Todo el asunto me parecía insano.

- Tu padre era igual a ti, y vaya que amé a ese bastardo. – Tenía razón. Ella y los demás me querían por lo que era. ¿Cuál era el problema conmigo? ¿Por qué no podía aceptarme como el resto lo hacía?

Fui a mi cuarto y, una vez en la cama, me cubrí con las sábanas como solía hacer en mi niñez. Lloré hasta dormirme. Al parecer no era más que un niño. Nunca había dejado de serlo y nunca lo haría.

--- . ---

En la mañana desperté y comí huevos revueltos con algo de bacon. El jugo de naranja estaba particularmente fresco. Al mismo tiempo en las calles del centro la gente iba perdiendo de a poco la cordura. No había nada que pudiese hacer ni por ellos ni por mí.


Alan Murray


Dedicado a Matt Muñiz y sus cuernos de oro, por perdonar esta y tantas otras cosas.
Dedicado a Rocco D’ipp, pues sin él mi vida en este mundo sería, de poder serlo, más miserable.
Dedicado a Becky, que en paz descanse.
Dedicado a la Negra que hoy vive conmigo y que logra, con sus caderas y sus inmensos pechos, que cada vez tenga menos tiempo y ganas de escribir.

(*) NdelT: El texto fue originalmente escrito en coreano. Para su traducción al inglés, Alan Murray decidió incluir una “confusión idiomática”. A continuación, la cita textual en el idioma original. “– To Death bus station please… I mean, to Delft bus station. – Fucking unconsciousness.”

La pajera de 30 años (fragmentos)

.
(…)

Mientras hacen el amor, las mujeres muestran su verdadero rostro, no metafóricamente hablando, sino que realmente te enseñan un rostro sincero, pierden la máscara, ahí está la verdadera desnudez...

(…)

Le dices te quiero, te quedas en su cama tres noches y ya has hecho más que la mayoría, ahora significas algo, le has cambiado la vida y le resultará imposible deshacerse de ti. No hay más secretos.

(…)

Detrás de toda mujer que conocía había una niña. Odiaba eso. Me hacia mal ver a esas infantas despojadas de todo, llorando y pidiéndome que fuese su papi. Las mujeres más adultas eran aquellas que llegaban a los cuarenta con sus padres, aquellas que tenían un pasado feliz y buenos recuerdos de su viejo, de otra forman se convertían en pequeñas niñas en busca de un padre (o varios) y, después de todo, yo no era más que un niño en busca de una madre.

(…)

Todos los hombres se ven como niños al lado de sus madres. Insignificantes. Busquen al cabrón más malo que conozcan y mírenlo acompañando a su madre un domingo por la tarde, haciendo las compras en un mega mercado, eligiendo el color del nuevo mantel, el estampado de la nueva alfombra o el tamaño del trozo de carne que hará esa noche para la cena.

(…)

Tenemos una pieza en el rompecabezas de nuestras vidas que no nos permite ver cuán miserable somos. Quitas esa pieza y ¡Bam!, lo demás simplemente pierde sentido.

(…)

No creía que fuese más pajera que cualquier otra mujer (o que la jovencita de dieciséis años que en ocasiones me tiraba), sino que era una perra expresiva que no tenía vergüenza. Me encantaba, era mi tipo de mujer, de las que suelo enamorarme, de las que suelen olvidarse de mí con facilidad.

(…)

Era un maldito imán de perdedoras y fracasadas. Las que no lo eran, bueno, querían probar el sabor de la derrota. Conmigo la tenían garantizada.

(…)

Miré mi polla y dije: ¿No te cansas nunca acaso?
Estaba blufeando. El verdadero problema era que sí, se cansaba.
Ellas corrían con toda la ventaja…
Maldije a dios por la polla haragana que me había sido dada e hice lo posible por olvidar el asunto mirando algo de tv. Las publicidades de Duracell y de Cialis (*) eran mostradas constantemente.
Jodida ironía.


(*)NdelT: “Cialis” es un producto similar al “Viagra”.

Alimento para cerdos - π

 

Luke y Christopher eran hermanos. Luke y Christopher habían desaparecido hace unos días. Helena y Chuck Sneijder lloraban sobre sus fotos, comían casi nada, maldecían por tv y estaban apenas vivos. Helena y Chuck eran padres hace diecinueve años.

Luke se descomponía lentamente entre estiércol de caballo. Christopher era en parte alimento para cerdos y en parte cachos de carne en una bolsa, derramando sangre fría sobre una mesa de cuatro mil dólares en la cocina de un palacio en Beverly Hills.

Todd se masturbaba con violencia mirando ciertas filmaciones caseras en su nuevo tv gigante de 40 pulgadas mientras sus padres se encargaban del resto y aguardaban ansiosos, con papel higiénico en sus manos, a que el semen licuado de Todd llegase a su ano. Veneraban esa instancia.

Hasta aquí, la bella poesía de una postal. Desde aquí, la inevitable tragedia de toda poesía.

Helena y Chuck no podían continuar con sus vidas. Nada era natural sin ellos. Lo natural era la agonía y el recuerdo. El recuerdo y luego la agonía. Helena simplemente no podía tolerarlo. Ella se hizo las cosas fáciles dejándose caer desde un 8vo piso, sufriendo algunos días en terapia intensiva, teniendo mucho tiempo para pensar y mirar tv. Él tuvo, acaso, mayor fortuna, perdiendo su empleo y su matrimonio.

Chuck comenzó a prostituirse como un marica en el circuito gay de Hill Valley. Ello era algo que él siempre había deseado. Ahora podía hacerlo. Ahora lo hacía.

Chuck estaba bastante muerto por dentro. Lo suficiente. Sólo Todd, su cliente predilecto, lo mantenía con vida. Aquel perverso joven graduado en Yale que adoraba mirar videos mientras follaba. Videos de Luke, de Christopher, de Matt, de Thomas, de Henry, de Lucy (…) siendo sodomizados, o lacerados, o descuartizados.

Chuck frecuentaba a Todd en su mansión. Y cenaba, y dormía, y follaba, y reía, y olvidaba, y amaba, y miraba las filmaciones de Todd. Chuck vio todo. Vio el estiércol de caballo, la carne de cerdo, la bolsa con carne, la sangre, los orgasmos de Todd. Esa noche cenó costillas de cerdo, le dijo a Todd cuanto lo amaba y le agradeció por todo.
Le agradeció a él y a Dios.


Alan Murray - π

Los dos chochos que jamás probé (parte II)



Jennifer Bronkhorst, Calle Chesterton Nº 237 BA
Susan Littvenning, Calle Bolton Nº 097 FG


Desperté con algo de resaca y lo primero que hice fue anotar los datos que recordaba antes que desaparecieran de mi mente. Tenía serios problemas con la memoria. A menudo olvidaba cosas simples, como la dirección de mi apartamento o mi número telefónico, y debía esforzarme en grande para recordar lo que me sucedía después de algunas cervezas.

Me senté en la cama, tomé un bolígrafo, un anotador y en veinte minutos escribí alguna gilipollés con mucho sexo, mucha venganza y mucha muerte. Eso era lo que gustaba. Eso era lo que me pedían los buenos chicos del “Amsterdam Chronicles”. Una vez por semana les llevaba alguna basura corta de mil palabras, ellos la leían y, si estaban conformes, me daban un lindo cheque que me permitía olvidarme de la mecanografía por dinero. Durante esos días pensaba en mis chicas y en mi mundo y les dedicaba a ambos algunos poemas y algunas sacudidas.
En otros cuarenta minutos transcribí el material a máquina, me arreglé, comí algo rápido y salí a por mi cheque.
Todo ese rollo en el “Amsterdam Chronicles” salió como lo esperaba. Eso era algo cojonudo. Los imprevistos me hacían improvisar, y cuando improvisaba, la cagaba. Seguro muchos de ustedes me entienden.

En fin, ya estaba de regreso con los bolsillos forrados de dinero. Una semana más de vacaciones para estar vivo sin saber bien por qué ni para qué.

Tomé el teléfono e intenté arreglar mi noche.

- Buenas tardes - dijo una voz de hombre - ¿quién habla?
- ¿Me comunicas con Miriam?
- ¿Quién diablos eres?

Colgué el tubo. Miriam había vuelto con ese jodido cornudo golpeador. Podía llamarla a su trabajo, tenía su número por ahí, pero no me gustaba follar con ella mientras vivía con ese cabrón. Su cuerpo estaba constantemente lleno de golpes. Demasiados. Alguna violencia lograba hacerme correr, otra, simplemente no.

Probé otra vez.

- ¿Hola?
- ¿Qué tal Mandy? ¿Sabes quién soy? – dije, con algo burlón en la voz, algo que todas mis chicas siempre habían odiado.
- ¡Alan! Hace meses que no me llamas. Yo te he llamado unas cuantas veces, pero nunca me has respondido.
- Es lo que estoy haciendo, ¿no? – Me arrepentía de haber marcado su número. Mandy era un buen polvo, pero no valía ni un poema plagiado. Escucharla era una tortura. Hablaba de música pop, de sexo tántrico, de cine iraní, pero no sabía nada acerca de ello, sólo hablaba para lucir interesante, a mí me aburría de muerte.
- Me alegro que hayas llamado. Si quieres puedo visitarte con algunas pastillas. – parecía muy entusiasmada, parecía que iría a hablar mucho.
- ¿Sabes qué? Prefiero meneármela, prefiero follar con un simio o comerle los cojones a un transexual.

Corté. Al instante sonó el teléfono. Le dejé el trabajo al contestador automático.

- Alan, soy yo, Mandy. Vamos, levanta el tubo… – aguardó unos segundos en silencio. Sentí pena. Continuó. – No entiendo tus bromas. Llámame, recuerda que tengo pastillas.
Mandy carecía de auto respeto, era patética y yo se lo hacía notar. Aún así me quería. Era una verdadera idiota.

Probé una última vez.

- Buenas tardes, quién habla.
- Ey Lucy. ¿Me recuerdas?
- Mi nombre no es Lucy. ¿Quién mierda…
- Alan. Alan Murray. ¿No me recuerdas? – siempre fui un sujeto difícil de olvidar, eso, ocasionalmente, no era nada bueno.
- Maldito infeliz. ¿Dónde te encuentras? Tengo un hijo que merece tu ape…

Colgué el teléfono y borré su número de mi agenda.

No era mi día, ni mi mes, ni mi año, de hecho, esta no era mi vida. Quizás tenga mejor suerte en la próxima, pensé. Era un viernes y detestaba pasar los viernes a solas. Detestaba pasar cualquier día a solas en realidad. Algo debía hacer. “Uno debe tener metas”, esa frase la había oído de un escritor vende mierdas brasilero (o portugués) y me había parecido ridícula, sin embargo la recordaba y, al menos en ese momento, estaba de acuerdo con el vende mierdas portugués (o brasilero) que vendía millones de libros escribiendo para idiotas mientras él se follaba a sus esposas, o hacía que algún otro se encargara de eso.

Aún no me olvidaba de las dos niñas de culo rosado. Quería jodérmelas y sacarlas de mi vida. Ensañarme con ellas y luego olvidarlas. Quería jugar como jugaba el tiempo con los hombres. Quería sentirme un condenado Dios.


Bebí cuatro latas de cerveza y salí.

- . -


Estaba parado hacía media hora enfrentado al apartamento de Susan, en el 079 de la calle Bolton. Ya era de noche y su calle era particularmente oscura. Me senté al borde de la acera y esperé mientras fumaba. Liz estaría dándose un baño interminable o depilándose. Lo hacía todos los viernes. Echaba de menos discutir por el uso del baño. Era el lugar de mi apartamento que menos usaba, pero cuando ella llegaba quería estar allí sólo para fastidiarla. Era hermoso ver su rostro encabronado. Ahora pienso que mi rostro encabronado no debía ser como el de ella. Igualmente era algo divertido que en ocasiones nos llevaba a la cama, y con menor frecuencia, a los golpes. Me odié por perderla.

Una joven morocha de piernas largas y ropa insinuante salió por la puerta. No alcancé a ver su rostro. El edificio contaba con pocas unidades, tenía que ser ella. Sus senos se agitaban a cada paso y su culo era espectacular, era ella. Arrojé el cigarro, me puse de pie y comencé a seguirla con mis manos en los bolsillos. Una actitud demasiado sospechosa, pero no había nadie de quien preocuparse. Seguirla era algo fácil después de todo. Su cuerpo apenas cubierto era hipnotizante. A veces la ropa hacía casi todo el trabajo, medias negras que cubren y dan forma a la carne, pantalones que se follan el coño antes que tú, botas que las hacen lucir como emperadoras sodomitas, remeras que están a punto de explotar, ajustadores que levantan al par de tetas mas caído. En ella nada de esto era necesario, su cuerpo se vendía solo.

Caminó unas siete u ocho cuadras y entró a un lugar llamado “Mozarts Requiem”. Era temprano y yo no estaba del todo listo, me faltaban algunas cervezas más encima. Encontré un bar a las pocas calles. Entré, me senté en la barra y ordené un whisky. Le estaba dando algo de tiempo a Susan para que bebiera, para que ella también se pusiera a tono. Luego del whisky bebí algunas cervezas, fui a orinar y caminé hasta el lugar en donde Susan me esperaba.

Era un sitio para jóvenes adictos a las pastillas y a la música electrónica. No era mi estilo de lugar, pero igual estaba bien. Tenía una buena barra atendida por un marica y había una pequeña pista repleta de mujeres que se movían extasiadas. Ellas parecían calientes. Yo lo estaba. Pedí un trago que sabía espantoso y me detuve a observar la pista de baile en busca de Susan. Estaba ahí, moviéndose en el medio de dos maricas fornidos de los que adoran mirarse al espejo y frotarse el ano mientras reciben una mamada. Ella movía su culo al ritmo de la música. Lo llevaba de verga a verga mientras la mia comenzaba a endurecerse. No dejaba de tocarse con esos dos maricas. Susan iba de pastillas. Susan era una yegua cachonda. Susan me estaba volviendo loco. Por un momento pensé en montarla allí mismo, enseñarle a las dos muchachitas cómo se hacía.

Mi verga estaba en su esplendor, haciendo lo posible por salirse. La música se detuvo y Susan se dirigió al tocador. Yo salí detrás de ella y llegamos juntos a la puerta. Un vértigo excitante se apoderó de la secuencia. La empujé al interior del baño de hombres y cerré con el pequeño pestillo oxidado. La abofeteé, le ordené que diese media vuelta y que mantuviera la boca cerrada. El baño era muy pequeño. Tomé sus dos manos con violencia, las sujeté fuertemente apoyándolas contra la pared y luego dejé caer mi cuerpo sobre el suyo. Comencé a frotar mi polla empalmada y empaquetada en ese culo gigante. Al fin iba a darle lo que merecía. Susan no me miraba, no se resistía ni un poco, aunque no habría podido hacer mucho. Empecé a gemir de calentura con los dientes estrechados. La música comenzó a sonar, yo apagué la luz y desnudé mi palo de carne. Arranqué sus bragas y la empalé. Esto sí que era algo hermoso, era poesía. La música marcando el ritmo de mis golpes, una de mis manos en una de sus tetas, la otra sosteniendo su mano izquierda, su otra mano masturbando furiosamente el clítoris, el grifo goteando, su chocho goteando, las paredes sucias, yo diciéndole “Aquí tienes”, “Ten, zorra hinchapollas”, “Tienes una hermosa cara de prostituta”, “Arghhhh, arghhh”, vaya poema estábamos escribiendo. Había tenido suficiente de eso, ahora quería verle el rostro, que me escupiese, que me maldijese. La tomé de la cintura volteándola, la elevé, nos pegamos a la pared y continué atacando como un demente. Estaba siendo lo más salvaje y libre que se puede ser. Finalmente sus uñas se clavaron en mi espalda, sentí la sangre cayendo, su lengua en mi cuello y me derramé dentro de ella. La dejé caer sobre el retrete y terminé de agitarla en su pecho. Estábamos colorados, borrachos de placer. Susan no me miraba. Continuaba sentada con su coño desnudo mientras mi semen la recorría. El poema había terminado bien para ella y para mí.

- Ey Susan - le grité - ¿Lo has disfrutado?
- Mi nombre es Trisha - dijo, mientras se llevaba dos dedos húmedos a la boca - y ha estado de puta madre. ¿Tu quien eres?
La había cagado, aunque el polvo había estado maravilloso.
- Vístete niña, y hazte el favor de lavar bien tu coño, que los bastardos sobramos en este mundo.

A todo buen polvo le sucede un cigarro, o una cerveza helada, o un placentero descanso. Yo iría por la cerveza. Me senté en la barra y le pedí al barman marica la botella más fría del lugar. Trisha se acercó a mí, me ofreció su número telefónico y volvió a bailar. Tarde o temprano la llamaría.

- . -

Mi cama no era nada cómoda. No podía dormir, no había sido una noche del todo buena aunque mis testículos estuviesen vaciados y mi pijo ardiese. Eran las cinco y Liz debía estar follando con algún anormal no muy distinto a mí. Después de todo ni ella ni yo sabíamos bien qué hacer con nuestros genitales. Por momentos eran una verdadera molestia. Pero no jugar con ellos era difícil para ambos, así que lo hacíamos sin pensar demasiado en ello, como la mayoría de nosotros.

Me resultaba absurdo que Liz no estuviese conmigo esa noche o cualquier otra, era absurdo que nos estuviésemos desperdiciando de esa forma. En ese momento lo único que quería era que ella me abrazara y me dijese que no estaba enfermo, que estaría conmigo para siempre. Quería que me mintiese.
Me puse de pie sobre el colchón, y mirando hacia el techo grité:

- ¿! Donde carajo estás!? ¡Te extraño, jodida ramera!


Alan Murray

To Alan Murray (from so many women)


Eres un Monstruo, un Cerdo, un canalla.
Me has violado y golpeado,
Has roto mis ropas, mi autoestima.
Sangro por dentro y por fuera.
He llorado mientras cumplías tu rol,
Y lloro aún.

Me has tratado sin respeto,
Como basura,
Como a un coño de vieja rica,
Como a un coño de niña ingenua.

Me has lastimado como nadie.

Ven… y BESAME.

¿Quieres casarte conmigo?


Los dos chochos que jamás probé (parte I)



Había bebido durante toda la noche y estaba muy jodido. Seguramente apestaba a alcohol y sobaco sucio (suelo hacerlo); Y en esta oportunidad también apestaba a orina.
Salí de ese lugar, llamado Tom o Tom’s y a las pocas cuadras me desplomé en la puerta de algún local de no sé qué. La noche había sido igual a la mayoría.
Como dije, estaba acabado y no había forma de que caminara hasta mi apartamento. No tenía la menor idea de qué hora sería, pero asumí que la molesta luz del sol golpeando mis ojos sería un buen momento para arrancar.
Yo seguía ahí tirado, y la poca gente que pasaba por mi lado cruzaba la acera o me maldecía, igual que con sus problemas, ¡huyan montón de escoria!
Pasaron dos chicas de no más de veinte y se detuvieron a observarme. Eran perfectas y tenían la pizca exacta de provocación en la mirada que saca de quicio a cualquier hombre. Una de ellas llevaba puesta una pollera muy corta y tenía unos senos alucinantes. Mi miembro estaba erguido, palpitante, listo para estallar.

- ¿Está usted bien?, preguntó una de ellas.
¿Necesita algo?
- ¡Si, que me coman la polla!
Y mientras lo decía, me las rebuscaba para enseñarles el pijo. Mostré parte de mi ropa interior, y algunos vellos del pubis. Nada escandaloso.
- ¡Asqueroso hijo de puta!, dijo una de ellas, y ambas se alejaron corriendo. Tenían rostros bonitos, incluso después de horrorizarse.
- ¡Vuelvan, vuelvan! ¡Que les como el coño como nunca nadie lo ha hecho!

Reí por dentro, sintiéndome ciertamente patético, pues realmente deseaba comerles el chocho a ambas, a la vez, uno al lado del otro, como dos platos diferentes, que saben diferente y uno quiere devorar. Lo habría hecho con gusto y con empeño. Ellas se lo pierden, pensé. Y con mi pijo (o mis calzones) fuera, puse las manos detrás de la nuca y cerré los ojos.

Todavía no había amanecido y yo seguía pensando en Lizzie, teniendo que moverme, beber, comer y molestar a los demás. Sólo quería detener el tiempo y sufrir durante el período que fuese, sin moverme, sin hablar. La tragedia era como mi sombra y yo sabía sobrellevarlo bastante bien, aniquilándome lentamente, escribiendo mala poesía y sacudiéndomela antes de dormir. Eso era todo lo necesario.
A los pocos minutos el sonido de una patrulla irrumpió mi sueño. ¿Trabajan a esta hora? Que extraño. Jodidos cabrones trabajadores. Me iluminaron con sus linternas, uno de ellos la cara, el otro, los pantalones.

- ¿Qué ocurre aquí, está usted borracho? Dos jóvenes denunciaron un intento de violación.
- ¿Violación?, pregunté.

Malditas mujeres histéricas. Las maldigo a todas. Hay que joderlas bien, alimentarlas y decirles te quiero antes de salir por la puerta, esa es la fórmula de la felicidad. En seguida pensé que no habrían tenido una buena noche y querrían descargar un poco de su frustración. Eso estaba bien por mí, yo hacía mi parte a la hora de fastidiar, ellas hacían la suya.

- Tendremos que llevarte amigo, lo siento.

El policía que me hablaba parecía tenerme pena, o asco (o un poco de ambas, o mucho de ambas… nunca se sabe).

El viaje en la patrulla fue divertido. No son tan malos como uno cree. Hablamos de fútbol, de alcohol, de drogas, no eran distintos a mí, ni a cualquiera, eran pobres diablos en un lugar en el que no querían estar, no muy diferentes a la mayoría de las personas que conozco.
Llegamos a la estación de policías y las cosas se tornaron más formales. Me sentaron, me sirvieron un café horrendo y me hicieron algunas preguntas. Sabían que simplemente se trataba de un borracho obsceno, de un infame rufián del sub-mundo, así que no estuve demasiado rato.
Me interrogó un tal Detective Sttarek, un tipo despreocupado, de 60 años diría, con un rostro lleno de arrugas que echaban de menos a su mujer y a sus niñas y hablaban de un pronto retiro.
Yo estaba tranquilo, muy tranquilo, en un cuarto gigante, sin ningún decorado y ninguna ventana. Esto es mejor que la pocilga en que vivo, pensé, podría quedarme algunos días aquí.
Sttarek tomó asiento, abrió su carpeta color marrón claro y comenzó.

- ¿Intentaste violar a esas dos quinceañeras?
- No, para nada. Jamás.
- ¿Lo juras?
- Sip.
- Es suficiente para mí. Si hubiese estado en tu lugar yo lo habría hecho. Eran dos niñas preciosas.
- Lo tendré en cuenta.
- Hazlo.

Cerró su carpeta, me extendió una tarjeta con su número, me guiño un ojo y dijo: Eres libre de irte, y también puedes tomar nota de los datos de tus amiguillas, por si acaso quieres visitarlas para agradecerles.
Era un sujeto despreocupado y genial.


- . -


Susan y Jennifer eran sus nombres. Más tarde pensaría en ellas,  sencillamente quería llegar a mi departamento, oír algo de música, darme un baño y dormir más de la cuenta.
Al salir del la estación de policías la luz del día me recordó lo feliz que puede ser el mundo sin uno. El sol me quemaba y me hacía doler. Se trataba de un sol violento e impiadoso. Se trataba del mismo sol de todos los putos días.
Llegué y puse en el equipo lo primero que encontré, algo de Jazz. Tenía Cds y cintas de cassette tiradas por ahí a montones. Muchas bandas under me mandaban su material porque apreciaban mi opinión y porque sabían que mi columna era muy leída.
Me tiré en la cama y me fui desvistiendo lentamente. Tenía un hedor espantoso. Antes de que entrase al baño sonó el teléfono. Bajé la música y contesté.
Era Lizzie. Me quedé helado. La última vez que la había visto ella tenia un chisme de goma por el culo mientras yo me la follaba. Se lo metía y se lo sacaba frenéticamente. Eso no me gustó y no logré correrme. Ella me dijo que no me necesitaba. Que de estar sola usaría su nuevo chisme. Y que en los últimos tiempos me había transformado en una verdadera molestia. Ya lo saben, yo seguía enganchado con la perra. Me hacían falta su sexo y todo lo demás, sus mentiras, sus chistes, sus insultos, sus períodos, sus hostias, todo ello me inspiraba, me volvía loco.

- ¿Alan? Soy yo, Liz. Te extraño. Te necesito. No sé en que estaba pensando cuando te dije todas esas cosas horribles. Tú me conoces… estaba puesta.
- No me has dicho nada horrible Liz. Pero te has ido hace tres semanas, y tu también me conoces… ya te he reemplazado.

No podía decirle lo mal que estaba por ella. No después de todo. El asunto podría haber sido más simple, pero eso es decisión de uno, y yo había decidido hacer las cosas complicadas.
- ¡Pura mierda lo que decías acerca de lo mucho que te importaba!
- Iba en serio cuando lo dije. Tú me importas.

Liz no entendía que las emociones eran fugaces; ni viles, ni falsas, más bien lacónicas o longevas. Ella no advertía que las ideas, los pensamientos, los sentimientos sufren como la carne el paso del tiempo: nacen, crecen, se deterioran, mueren. Lo más que podemos aspirar es hacerlos morir con nosotros, e incluso así, quién sabe si es suficiente.

- Vete a la mierda, Cabronazo. No tendrás nunca un coño como el mío.
- Tienes razón, tienes mucha razón.

Colgué, me metí en la bañera y me arrepentí de todo lo que había dicho. Pero no había mucho más por hacer. Me toque la polla durante largo rato bajo las sábanas, me aburrí de ello y cerré los ojos pensando en Susan y en Jennifer.

Three Sisters

They were three sisters
Who lived in other world,
In a world where a parrot
Could be your mother
And its shadow, your father.

I had always wanted to fuck the three of them
At the same time, in the same bed,
Hearing the same music
I’m now hearing.

Unfortunately, I never did.
But of course, it’s never late for anything,
Or at least, that I had been taught.
It’s never late for anything, I thought.
Unless…
They die
I die
My bed breaks
Or the music from earth vanishes.

So…

I remembered something
I had learnt in my world, in the elder days:
It’s always late for almost everything.

And the “Reminiscences de Don Juan de Mozart” of Liszt
Made its last movement.


Alan Murray

Bill, big boys don’t cry – (Sólo un jodido coño… sólo eso)

Eran las tres de la mañana y el teléfono no paraba de sonar. Malditos cobradores, pensé, y levanté el tubo. Era Bill, estaba hecho trizas. Nunca lo había visto u oído llorar. A veces el llanto nos hace ver frágiles, y vernos frágiles es lo más cerca que podemos estar de ser hombres. Le dije eso, y le pregunté qué había sucedido.

- La muy zorra me dejó Alan. ¿Puedes creerlo? La muy zorra se fue para siempre.
- ¿Qué sucedió Bill, qué explicación te dio?
- Me dijo que conoció a un hombre genial, el amor de su vida o algo así. Tomó sus cosas y se largó.
- Bill, quédate tranquilo, tal hombre no existe. Ya verás cómo vuelve arrastrándose.
Dije esto mientras abría la heladera y tomaba una cerveza. La bajé sin hablar. Mientras, Bill lloriqueaba y decía sandeces que no me molesté en escuchar.
- Ey, mira chico, Laureen volverá contigo, bébete una medida de whisky, duerme cuanto puedas y estate tranquilo. Mañana iré a verte y te sentirás mejor
- ¡Vete al carajo Alan! No sabes ni mierda. Sólo hablas por hablar.

Bill colgó. Bill tenía razón. Me senté en el sillón del living y me bajé otra cerveza. Últimamente hablaba mucho por hablar, sin querer decir realmente lo que decía. Pensé que quizás se trataba de una virtud, o no hubiese tenido un coño tibio en mi cama esa noche o tantas otras. En fin, las cosas no son justas, eso es algo que todos deberíamos saber.
Me fui a la cama y, al ver ese pedazo de carne medio sucio y medio drogado, me sentí cachondo.

- Despierta nena, que papi no tuvo suficiente.

Le di a la zorra de Laureen los mejores 5 minutos de nada de su vida sin siquiera besarla o decirle puta. Su vagina estaba inexplicable y excesivamente lista. Recordé que algunos de mis jugos debían aun estar por ahí y su humedad cobró sentido. Después de eso y unos cuantos sacudones con fuerza me olvidé por completo de todo por algunos segundos. Golpes, sudor, semen y vacío. Siempre que follábamos parecíamos dos locos, dos salvajes. Esto fue distinto, ella apenas abrió sus piernas, con eso era suficiente. Ellas hacen eso y lo demás corre por cuenta nuestra. Dudo que haya estado despierta. Me limpié con sus bragas y me tiré a su lado.

En dos o tres semanas me conocería a fondo y se iría, no soy un tipo profundo ni complicado, en poco tiempo descubres que soy un fraude. Me dormí pensando en lo justa que es la vida en ciertas ocasiones… Todo estaría bien finalmente.


Alan Murray